domingo, 1 de marzo de 2015

La figura


              Ese día se  despertará al alba, serán entre las cuatro treinta o cinco, con una gran opresión en el pecho, ahogada y con pocas fuerzas, estirará la mano hacia la luz de la mesita de noche.

          El reloj hará un tic tac  bien acompasado. Los pasos de la gente que caminará por la vereda harán un efecto rebote en  sus oídos. Turbada por el dolor atinará a llamar a la emergencia. La operadora le hará preguntas que  no podrá contestar, le explicará que es fundamental, por el tipo de emergencia que necesitará. La conversación durará unos minutos, hasta que el portero de su edificio, alertado por los médicos abrirá la puerta.

Oscar, el portero, a este punto viejos amigos, asustado mas que ella, y blanco como un papel, guiará a los médicos hacia su habitación. Clara. Ya están aquí. Murmurará.

          Ella  no podrá emitir sonido, pero le causará una gran ternura saber que  alguien estará ese momento a su lado. Empezarán un interrogatorio al que contestará con señas. Levantará la mano, y afirmará o negará al médico. El bolso estará preparado. Entre los tres: chofer de ambulancia, medico y enfermero, la subirán a la camilla. Sólo un esfuerzo pequeño. No creerá pesar más de treinta y ocho kilos. Oscar ya habrá abierto la puerta del ascensor.

          Siempre decían que era muy angosto y reían. Tendremos que   pedir al consorcio que agrande el hueco. Reirán a  carcajadas.

          Esa mañana  no. Estará muy circunspecto, casi solemne.  Ella lo mirará con una mirada burlona, para que deje la solemnidad de lado. Oscar la esquivará. Cuando, al fin, cierren la puerta del ascensor el ya  habrá dado media vuelta para cerrar el departamento y guardará  las llaves. Esa será su despedida.

 
          Las veces que regresó de las internaciones, Oscar y su esposa, le dejaron en el florero del living las flores que le gustaban: las azucenas, las teñidas, porque se decía que las blancas eran para los muertos. Y  yo. ¿Qué soy?... Se preguntó.

          Nunca quiso dejarse llevar por la desazón, pasaron casi tres años. Y no perdió el optimismo. El dolor la  cansaba,  tenia intensos  deseos  de dejar de sufrir. No deseaba perder ni dejarse amedrentar, era  sólo cansancio.

          Si por algo se destacó, fue por tener siempre la tierra firme bajo sus pies. Hubo sueños, pero siempre emparentados por la factibilidad de lo que podría concretar. No  fue dolorosa su realidad. Más bien impiadosa, y ella respondió con  misericordia. Los otros no. Juzgaban y pretendían que actúe como ellos, pero le resultaba muy difícil.

 Trataba siempre de complacer, sobre todo a los parientes. No doy con la tecla. Es eso.  Se decía. Quizás no me supe expresar. Quizás no hablé lo suficiente. Era todo quizás… quizás. Después de un tiempo de mucho dudar se contentaba pensando que otra vez seria mejor.

          El medico se sentará a su  lado,  le pondrá el oxígeno, y  que verá su cara aliviada. Sonreirá,  ella contestará con una sonrisa. Ambos querrán tranquilizarse mutuamente.

          Con el tiempo logró conocer a  todos los residentes en las guardias, trataba de no ser quejosa, sabia que el proceso seria largo y se verían asiduidad. Odiaba de solo pensar que se cansarían y fastidiarían con ella.

          Las luces de la ciudad pasarán como providencias fugaces por el vidrio de la ventanilla de la ambulancia, ella siempre las mirará,  precavida, por si   fuera esa la última vez  que podría verlas. Llegará  a la guardia, las enfermeras, algunas, la reconocerán. Como la piel y sus venas estarán muy frágiles, la entubarán con gran cuidado o tendrán que empezar a buscar por otras partes del cuerpo.

          Remisa a que la lleven a terapia intensiva, estuvo casi un  día en una habitación contigua a la sala de guardia. Y cuando hubo lugar en terapia intermedia, la pasaron  hasta que se compensó. Después sí. Una habitación común. Compartida, así no se sentía sola.  La mayoría tenía parientes que los visitaban, y conseguía con quien hablar. Traían noticias de afuera como el frío o el calor. Las charlas eran superficiales. Sin compromisos. Se asombraban cuando  relataba el tiempo que había tenido que empeñar en esto. Ella desdramatizaba la situación y llevaba la conversación a situaciones jocosas.

          Su única amiga, Rosa María,  muy impresionable,  las veces que entraba y la veía en ese estado, que para ella se había vuelto normal, se echaba a llorar y salía de la habitación tapándose la boca con las manos, y, como  los ojos no mienten, lagrimones casi tan grandes como lluvia de sapos le caían por las mejillas redondas, porque no había perdido su aspecto infantil.

          Su amiga  repetía la entrada y salida de la habitación unas cuantas veces. Ella se  reía y Rosa María  se disgustaba. Ponía cara de puchero y se volvía a su casa.  Las idas y venidas de Rosa María se repetían compulsivamente el tiempo que duraba la internación. Por ello, un día estando en su casa repuesta  y, Rosa María, sin llorar, aclararon la situación.

          La cosa viene de este modo, tampoco le pudo decir con palabras cuál era su  enfermedad porque seria de nuevo un mar de llanto. De acuerdo. Rosa María no  iría de visita al hospital. En cambio ella, debía avisarle las veces que volvía a su casa, y así vendría con masas secas y tomarían el té. No tendría que asustarse si por alguna causa  le resultara imposible tragar. Cuando empezaran los vómitos se iría tranquilita. Una vez repuesta la llamaría por teléfono. Fue el único modo de dejarla conforme.

          Esta vez  resultará distinto. Las enfermeras tendrán caras largas. Llamarán a su medico de cabecera.  Poco usual, de noche no se lo debe  molestar, para eso estarán los de guardia. Análisis de todo tipo. Por último una transfusión.

          Clara la cosa vienen mal, se dirá por dentro. Dormirá de a ratos. Y cuando la despierten tendrá canalizando un aparato distinto su cuerpo. Lo raro será que no le dolerá nada.

          No le agrada verse despeinada y amarillenta, tiene cuarenta y siete años y aparenta menos. Siempre le gustó ese aspecto juvenil y semidescuidado. La estética siempre fue algo muy importante, nunca se quiso ver avejentada. Quien sabe si lo logrará.

          Así se preparó una tarde y, como Oscar siempre la vigilaba, esperó que fuese su hora de descanso y salió bien vestida con  un trajecito rojo tirando a bordo, con su pelo rubio; le sentaba bien esa combinación. Botas porque hacía  frío, guantes haciendo juego. El maquillaje muy natural, con sus ojos verdes, sólo un poco de rimel. No hacía falta mucho más, además todavía no estaba tan flaca. Se  miró al espejo varias veces antes de salir. También en el espejo del ascensor. Le agradó la imagen que le devolvió.

          Caminó unas cuadras por Avenida Alvear,  miró toda la colección de una marca muy conocida que le gustaba. Dejó que el viento impasible le  helara la cara y la despeinara. Se  sentía aliviada, sin ningún peso que cargar a sus espaldas.

          La tarde anterior había venido su exmarido con intenciones bien claras, sin rodeos le pidió que le deje el departamento a su nombre.

          Es más fácil para todos. No creo que Emilia vuelva de Barcelona. De este modo nos aliviás a todos. No será fácil para nosotros soportar una sucesión. Edgardo pronunció estas palabras recorriendo con su mirada toda la habitación.   

          Como no tuvo ganas de contestarle como se merecía, abrió la puerta y de un golpe la cerró a sus espaldas. No creo que vuelva. Edgardo es cobarde. Se dijo. Por cierto las veces que habló con Emilia no tuvo el coraje de contarle. No lo hizo desde un principio, y después hubiese sido una discusión tras la otra. ¡Que!... ¿Por qué no  dijiste? ¡Que!... ¿Por qué, cómo es que estás enferma?

          Pensó escribirle una carta, pero se dio cuenta que siendo la madre no se lo perdonaría. Con estos pensamientos llegó hasta la parada de taxi más cercana. Comenzaba a sentirse agitada. Le dio la dirección. Intentaba a oscurecer. Los colores del cielo aquilonal, azul rojizo, la apasionaban. Tocó el timbre del local, un vendedor de traje negro y camisa blanca abrió la puerta. Estuvo un largo rato mirando, no quería dejar a nadie el mal rato de ese tramite.

          Por fin se decidió por uno de precio moderado, como estaba expuesto cuando entró y se  probó al ataúd, el vendedor pegó un grito. Estaba pálido, ella lo tranquilizó.

Después no me tendrá que ver. Balbuceó.

          Las flores  más sencillas y a su vez alegres. Yerberas y lisiantus. No le gustan los arreglos recargados. Terminado el trámite, pagó con un cheque a quince días. Espero poder cubrirlo a tiempo. Pensó.

          No sólo Emilia, su hija, tampoco a su madre le pudo contar. Todas las veces que fue con la intención de confesarlo, ella estaba alegre. No quiso arruinarle el momento con la noticia. Su madre sólo la veía más flaca, y le repetía hasta el cansancio: que las mujeres muy delgadas después de los cuarenta no gustaban a los hombres.

          Y yo que no quería dejar cuentas a nadie. Al fin no pude enfrentar ni a Emilia ni a mamá. Su voz la sobresaltó con esa confesión. Se  repetía muchas veces: mañana lo hago. Ma- ña- na lo ha-go.

           ¡Al fin se saldrán  con la suya! Estará en terapia intensiva, el pacto sería que sólo en caso de extrema gravedad la llevarían. No le gustarán los boxes. La tela blanca que la separará de otro enfermo, no impedirá escuchar los ruidos acompasados de los monitores, ni de las máscaras de oxígeno. La  acomodarán,  estará sin su camisón. Le pondrán la bata blanca. e a poco se  perderán los ruidos de la sala. Abrirá los ojos y no verá. ¿Habrán apagado las luces? Hará un esfuerzo por no dormirse. Querrá respirar hasta la última bocanada de aire. Lo intentará, el aire no entrará. Tampoco sentirá  el ahogo en el pecho.  Disimulada, la figura, se  alejará. Al milésimo volverá. Se apartará  más. Ya no la verá. No la verá… no  verá ya jamás…

 

 

   

            

4 comentarios:

  1. Intenso Sara, me encantó el movimiento de tiempos, gracias por enseñarme!

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    1. Alejandra, no me agradezcas. Realizo con pasión mi labor docente. Un saludo y nos vemos en la próxima clase para seguir disfrutando de la ficción.

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  2. Buen trabajo Sara, tiene un pulso que va in crescendo. Buena la descripción que va atrapando al lector. Es que el encuentro con Ella, se producirá indefectiblemente.

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    1. Marta, sí, el artificio nos demuestra a una mujer sin presente. Un saludo.

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